Vengo de la calle de tomarme unas cervecitas. El ambiente ha cambiado: la ciudad está llena de gente, los bares al completo (hemos tenido que andar un ratito para encontrar uno con mesa libre en la calle), y corre una brisa que susurra “otoño”. Aunque el calor en Sevilla dure hasta finales de octubre, las noches de septiembre tienen un olor distinto a las de agosto.
Hace una noche bonita, y siento nostalgia. De nada en particular, supongo. Recuerdo vagamente un sentimiento general de bienestar y de equilibrio, que al final es lo que hace feliz a cualquier hijo de vecino.
Mi último finde de agosto terminó así:

Me encantan los colores de estas fotos, a pesar de ser fotillos de móvil.
(Me dediqué a contar la gente que nos miraba raro por llevar gorro. Paré después de tres
.)