Siempre he sido de pie derecho alegre. Ya en la autoescuela apuntaba (malas) maneras… mi profesor me decía que conducía como un taxista y suspendí mi primer examen, irónicamente, por un supuesto exceso de velocidad. O al menos eso me dijo la Viuda Negra (sí, existe realmente y me tocó a MÍ). Mi profesor me dijo que la tía era una hijaputa y que en el examen había ido a una velocidad correcta, pero que ese día no le tocaba aprobar a ninguno de los que iban en mi coche porque así es esa todopoderosa institución conocida como Tráfico. Pero bueno, esa es otra historia.
(Por si tenéis curiosidad, aprobé a la segunda. No me tocó la Viuda Negra en esa ocasión.)
Total, que me gusta conducir y me gusta la velocidad. Al principìo, recién sacado el carnet, los radares eran de mentirijilla y podía correr a mi antojo. Eso sí, sin perder nunca la cabeza porque soy bastante prudente… únicamente sobrepasaba los 120 Km/h cuando circulaba por autovía, pero digamos que mi velocidad media era superior a la de la mayoría y que más de un amigo me tuvo que pedir que no corriera tanto porque tenía los huevos de corbata. Mi primer coche, el Vickibuga Primigenio, era un Citroën AX 1.1 60 CV… un motor pequeño, diréis, pero teniendo en cuenta que el coche era prácticamente entero de plástico, resultaba ligero como una pluma y aquello se embalaba que no veas, lo cual me proporcionó muchas horas de diversión.
En el verano de 2008 empezaba la crisis, así que nuestros amigos de la D.G.T. encendieron los radares para recaudar dinerito. Un día que volvía yo de Fuengirola de pasar el fin de semana me trincaron tres radares seguidos. Tuve suerte dentro de lo que cabe, porque me pillaron a 100 km/h en zonas de 80, y no 160 km/h en zonas de 120.
Total, que me dolió el bolsillo y dejé de correr. Aparte, las multas también me hicieron reflexionar… es cierto que aunque seamos prudentes, correr no es seguro porque si hay que dar un frenazo la podemos cagar, y no sólo ponemos en peligro nuestras vidas, sino las de los demás.
Así que di un cambio radical a mi estilo de conducción y empecé a ceñirme estrictamente a todos los límites de velocidad. Sí, ahora soy esa tía lenta (“mujer tenía que ser“) que va a 60 km/h cuando pone 60 km/h. Reconozco que no soy perfecta y a veces si voy escuchando música que me gusta mucho o ensimismada en mis pensamientos, se me va un poco la olla y caigo al rato en que estoy dejando atrás todos los coches (esto me suele ocurrir en la SE-30)… aminoro rápidamente la marcha y miro a mi alrededor de forma nerviosa para ver si es zona de radares, y si lo es, me paso una semana comiéndome la cabeza y temiendo la aparición de una cartita certificada en mi casa.
Desde las multas, para mí existen dos categorías básicas de conductores:
- Los que no han sido multados. Estos me adelantan inmediatamente en cuanto ven que voy exactamente a la velocidad máxima permitida. Me adelantan con un aire de superioridad, porque yo no sé, o no me atrevo, a correr, y estoy entorpeciendo la marcha de unos conductores tan fenómenos como ellos. No sé si sonrío externamente cuando esto ocurre, pero internamente sí que lo hago porque sé que acabarán todos multados… es más, lo deseo. Por gilipollas y por subestimarme. Ea
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- Los que han sido multados. Sé que no son conductores prudentes sin más porque están igual que yo: manteniendo de forma constante y rigurosa la velocidad máxima permitida. Son demasiado perfectos. Un conductor normal puede ir 5 km/h por encima o por debajo del límite sin pensárselo mucho, pero un conductor multado va exactamente al límite permitido de forma constante… por una parte porque si esa es la velocidad máxima, hay que aprovecharla (qué pena que sea tan baja), y por otra, porque sólo una persona que es hiperconsciente de su “problema” va tan concentrada como para mantener exactamente los 80 kn/h permitidos, ni uno más, ni uno menos. ¡Estos son mis colegas, esta es mi gente! Cuando veo por el retrovisor un coche que va detrás mía, siempre a la misma distancia y a la misma velocidad que yo, le dedico una sonrisa de complicidad y pienso “este es de los míos…¡sé cómo te sientes! ¡A mis brazos!“.
A veces me molesta mucho no, muchísimo, que me adelanten. Me sale una especie de vena competitiva absurda en el coche que no entiendo, porque no soy competitiva para nada más en la vida… odio competir. También me molesta que me digan mis acompañantes que voy lenta. Si supieran cómo me gustaría ir en realidad… Pero bueno, como me duele más tener que desembolsar cientos de euros en multas, me calmo y pienso que ya les tocará… ¡ya les tocará! Que me llamen lenta, que me llamen mujer (el peor insulto en la carretera, sin duda alguna), que me adelanten… ya les llegará la cartita *risa diabólica*. Ya les llegará.
